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PALABRAS EN eL sEMINARIO PERMANENTE DE ESTUDIOS SOBRE TERRORISMO
19 de noviembre de 2008
Fundación Ortega y Gasset, Madrid
Durante los últimos tres días, en esta séptima edición del Seminario Permanente,
han abordado un tema muy significativo: los riesgos y amenazas del terrorismo
islamista a través del Mediterráneo; incluyendo las implicaciones para la lucha
contra el terrorismo transnacional.
Agradezco tener esta oportunidad de pronunciar en la conclusión de este foro
unas palabras sobre uno de los temas más importantes de nuestra generación.
Ante nada quiero transmitir mi más sincera enhorabuena a los Cuerpos y Fuerzas
de Seguridad españoles por la reciente captura en Francia de dos de los más
sanguinarios terroristas de ETA.
Con sus detenciones borramos a otros terroristas de la lista de los más
buscados. Con su puesta a disposición judicial, se saca de circulación a otro
elemento terrorista internacional.
En éste, como en todos los campos de la lucha anti-terrorista, Estados Unidos
continua dispuesto a compartir toda la información necesaria para derrotar las
actuaciones terroristas.
No es un fenómeno nuevo
Regresando al enfoque de esta conferencia; en lo que concierne a Estados Unidos,
el terrorismo islamista no comenzó con los ataques del 11 de septiembre de 2001.
Había estado creciendo y propagándose durante muchos años.
Lamentablemente, no reconocimos los síntomas de esta metástasis del cáncer
terrorista.
A mi parecer, esta lucha comenzó para nosotros en noviembre de 1979 en Irán,
cuando un grupo de estudiantes islamistas militantes, con el tácito
consentimiento de su gobierno, se apoderaron impunemente de la Embajada
estadounidense en Teherán y retuvieron a 52 rehenes por 444 días.
No sabíamos entonces que estábamos en el umbral de lo que el extremismo musulmán
sería capaz de hacer. Durante los 29 años siguientes, los extremistas han
seguido secuestrando y asesinando a ciudadanos de muchas nacionalidades, razas y
religiones en Oriente Medio, Europa, África, Asia, Estados Unidos y otras partes
del mundo.
Me temo que nuestra respuesta global fue demasiado recatada.
Extremismo islamista
Retrospectivamente, queda claro que el 11 de septiembre en Estados Unidos nos
despertó a un peligro de amplia y complicada magnitud. Un movimiento
internacional de extremistas islamistas violentos que amenazan a los pueblos
libres en todo el mundo.
El concepto que el terrorismo islamista tiene del poder es igual al de los más
recalcitrantes tiranos y los peores movimientos totalitarios del pasado.
Estos extremistas se afanan por lograr, a través del miedo y la violencia, lo
que saben que no conseguirían a través de un diálogo sobre ideas, abierto,
democrático y pacífico.
Por consiguiente, utilizan el recurso de los atentados brutales contra la
población civil, a menudo sin valor militar, pero con la intención de sembrar el
miedo y minar la voluntad de los pueblos del mundo.
Quiero ser claro: estamos en una lucha ideológica entre dos visiones
fundamentalmente distintas.
Por un lado están los extremistas. Ellos prometen el paraíso; y a misma vez
imponen una vida de duros castigos y sin recurso en las plazas públicas, de
represión de la mujer y de atentados suicidas.
Por otro lado están el sinnúmero de hombres y mujeres moderados – incluyendo
millones de musulmanes – que privadamente rechazan la violencia y creen que cada
vida humana es digna y tiene valor.
No olvidamos que este movimiento internacional de terrorismo intenta secuestrar
a una noble religión.
El Islam es una religión mundial, que cuenta con importantes comunidades de
fieles en todos los continentes y mucho más allá de Oriente Próximo.
La encontramos en casi todos los países, desde Estados Unidos a España,
Paraguay, Marruecos, Turquía, India, Pakistán, Indonesia y Filipinas, por
mencionar unos pocos. La gran mayoría de estos fieles no son propensos a la
violencia.
Como las personas en todo el mundo, los musulmanes desean sociedades abiertas y
libres en las que educar a sus hijos y vivir en paz. Desean ver su noble
religión libre de los intentos terroristas de apropiarse de la fe islámica para
su causa violenta. Son sólo unos pocos los que pervierten esta gran religión.
Hay que tener presente que la abrumadora mayoría de las víctimas de atentados
terroristas islamistas son musulmanes. Al Qaeda y sus mutaciones no tienen ni
derecho ni autoridad para hablar en nombre del Islam.
Son brutales criminales, intentan imponer su rígida doctrina social, religiosa y
política a todos los que logren someter; y amedrentar o asesinar a quien se
resista a ello.
Consideran enemigos, merecedores de la muerte, a todas las personas que quedan
fuera de su estrecho margen de creencia. Esto incluye a los no musulmanes, pero
también a los musulmanes que no comparten su odio fanático.
La región mediterránea es, cada vez más, el foco de la lucha
El extremismo islamista no es sólo un problema estadounidense o musulmán; es un
problema que compartimos todos y al que todos tenemos que hacer frentes juntos.
Los terroristas islamistas predican la “liberación” de al-Ándalus y apuntan a
Europa como su otro gran objetivo.
Durante la primera década del nuevo milenio los países del Mediterráneo están
conociendo la realidad de que ningún país es inmune al terrorismo. Los
terroristas han atacado indiscriminadamente en España, Marruecos, Túnez,
Argelia, entre otros países.
Al encontrarse geográficamente en vanguardia de esta lucha, la región
mediterránea tiene un papel clave que desempeñar. Debido a cambios migratorios y
demográficos, la población musulmana de Europa ha crecido exponencialmente en
los últimos años.
El rápido crecimiento de la inmigración está cambiando demográficamente a Europa
y, tristemente, la dificultad de integrar plenamente a segmentos de esta
población ha coincidido con el crecimiento de la actividad terrorista.
Una de las tareas pendientes en el continente europeo es integrar a la comunidad
musulmana y fomentar un sentimiento de objetivos comunes basados en valores
compartidos. Hay que inculcar a los nuevos ciudadanos y vecinos una visión
positiva de esperanza, con el fin de aislar y marginar a las fuerzas de la
intolerancia y la violencia.
Los estudios muestran claramente que la exclusión social puede contribuir al
fundamentalismo y, finalmente, a la violencia.
Es necesario encontrar maneras de cruzar el abismo cultural para estrechar lazos
con la comunidad de creyentes del Islam, que son, en su gran mayoría,
partidarios de la paz y la convivencia.
Norte de África
El Magreb y las comunidades norteafricanas merecen nuestra especial atención.
Elementos radicales procedentes de la región norteafricana causan,
justificadamente, preocupación por la seguridad.
Tanto recientes acontecimientos en Argelia, Marruecos y Túnez como la formación
del grupo Al Qaeda en el Magreb Islámico subrayan la amenaza persistente de
islamismo radical en el Norte de África.
Al Qaeda, tras haber disminuido su influencia y ser derrotada ideológicamente en
Oriente Próximo e Iraq, trata de extenderse en países como Argelia, Mauritania,
Marruecos, Túnez, Libia, Chad, Malí o la región del Sahel.
También es muy preocupante la radicalización insidiosa de inmigrantes y
ciudadanos de origen norteafricano en Europa.
La legislación europea en materia de asilo, relativamente permisiva, ha
permitido que disidentes radicales hayan encontrado refugio dentro de sus
fronteras.
Paradójicamente, estos disidentes han abusado de las libertades europeas para
promover movimientos extremistas antiliberales y exportarlos a sus países de
origen, dando apoyo político y financiero a sus “hermanos” combatientes en el
Norte de África con el objetivo de crear una nueva generación de islamistas
radicales con conciencia ideológica y experiencia militar.
Aunque sus integrantes son limitados en número, los atentados del 11 de marzo de
2004 en Madrid muestran el poder destructivo de unos pocos terroristas con
modestas habilidades inspirados por una ideología radical y un profundo
desprecio por la sociedad que les ofrece su hospitalidad.
Hacer frente a la radicalización de estos jóvenes y de sus comunidades ha de
continuar siendo una gran prioridad para comprender y luchar contra el
terrorismo.
La amenaza que plantean las redes norteafricanas aumentará sin duda si no
tomamos en serio la inmensidad de los peligros y si no estrechamos nuestra
cooperación con nuestros socios en la región mediterránea.
La respuesta
Es cierto que la región mediterránea cuenta con una larga experiencia para
combatir sus amenazas terroristas internas. El terrorismo, como violencia
dirigida de manera deliberada y explícita contra los civiles para lograr fines
políticos, ha sido una lacra durante decenios.
Toda esta violencia, bajo cualquier pretexto, es igualmente condenable y
absolutamente inaceptable.
Sin embargo, vemos que, con la notable excepción de ETA, el terrorismo que
domina las noticias hoy es el terrorismo islamista internacional.
Combatir el terrorismo islamista internacional requiere mucho más que recursos
militares. El arma más potente en la lucha contra el extremismo es nuestro deseo
profundo e innato de libertad.
La libertad es la única manera de desencadenar la creatividad y el potencial
económico de un país.
Una amenaza internacional exige una respuesta internacional, con una
coordinación estrecha entre las autoridades policiales, judiciales, de
inteligencia y financieras.
Es imprescindible que sigamos comunicándonos, cooperando y progresando. Tenemos
que unirnos en un espíritu de cooperación y un afán de multiplicar capacidades.
Uno de los principales objetivos de la estrategia en materia de Seguridad
Nacional de Estados Unidos es reforzar estas alianzas. Creemos que sólo así
podremos impedir los atentados terroristas y, en última instancia, derrotar al
terrorismo mundial.
Eso es precisamente lo que esta pasado entre Estados Unidos y nuestros aliados
en la región mediterránea. Juntos estamos congelando los activos financieros y
desarticulando sus redes de reclutamiento. Estamos investigando, deteniendo, y
llevando ante la justicia, a los cerebros y a los autores de la violencia
terrorista.
Aunque no puede haber garantías absolutas contra los atentados terroristas,
hemos logrado muchos y notables éxitos al frustrar atentados.
Los servicios de inteligencia y seguridad de España, por ejemplo, han
desempeñado, y continúan haciéndolo, un papel importante en la desarticulación
de redes que reclutan a terroristas.
Conclusión
A pesar de los recientes y notables éxitos, la amenaza de los terroristas
islamistas radicales sigue vigente y, en ciertos aspectos, ahora puede ser más
importante y más difícil de detectar y derrotar. Es imperativo que continuemos
la lucha.
Estamos ante un enemigo que literalmente quiere amedrentarnos, coaccionarnos y,
al final, si pudiera, aniquilarnos. El asesinato masivo no es sólo su táctica,
sino también su objetivo. Si no reconocemos esta verdad, nos arriesgamos a
perder esta lucha.
Tenemos que unir esfuerzos para perseguir a los terroristas, sin importar donde
estén. Tenemos que derribar barreras a la cooperación internacional y encontrar
nuevos caminos para llevar adelante nuestra tarea.
Tenemos que mantenernos en alerta y vigilantes, trabajando conjuntamente para
combatir esta amenaza mundial.
Redoblemos nuestra cooperación para evitar futuros atentados. En conclusión, hay
mucho que hacer, pero estoy convencido de que nuestros países son capaces de
enfrentarse con éxito a este reto.
Una vez más, quiero elogiar a la Fundación José Ortega y Gasset y el Real
Instituto Elcano por la celebración de este Séptimo Seminario Permanente de
Estudios sobre Terrorismo. Les agradezco esta oportunidad de dirigirme a ustedes
hoy.
Muchas gracias.
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El embajador Aguirre en un momento de su intervención en la Fundación Ortega y
Gasset, 19 de noviembre de 2008 |
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