"Reflexiones en este 4 de julio"
por George L. Argyros, Embajador de los Estados Unidos de América en Madrid
publicado en ABC, 4 de julio de 2002
El Día de la Independencia de Estados Unidos este año será diferente porque Estados
Unidos es hoy un país distinto. El 11 de septiembre nos ha cambiado.
Cierto que las celebraciones del 4 de julio estarán dotadas de mayor
seguridad, pero esa no es la diferencia.
Este año, al dirigir nuestras miradas al espacio vacío de Manhattan donde una vez
se levantaron las Torres Gemelas, o a las fotografías de las víctimas que
parecen representar a las razas y religiones de la tierra, o al ver a las
mujeres de Afganistán, esforzándose por ocupar un lugar en la vida de su
nación, nos damos cuenta de que los principios de democracia, tolerancia
religiosa y libertad económica no son palabras manidas ni clichés.
Y este año entendemos mejor que nunca que esas ideas y los principios
fundamentales de nuestra Declaración de Independencia son la base de nuestro
lazo inquebrantable con Europa. El Presidente Aznar dijo a propósito de las
relaciones transatlánticas que “lo que nos une es más importante que lo que
nos separa”. El 4 de julio es un día en el que los estadounidenses
celebramos lo que nos une como país, pero también lo que nos une a otras
democracias.
Es cierto que el 11 de septiembre ha cambiado Estados Unidos. La pérdida de
vidas y la destrucción de los ataques terroristas horrorizaron al mundo,
pero llevó a los americanos a tomar conciencia de que la lucha no había
terminado. En estas últimas y pacíficas décadas muchos de nosotros nos
tranquilizamos al pensar que el final de la guerra fría significaba que la
libertad había salido victoriosa. Olvidamos que la paz no puede ganarse
como si de un partido de fútbol se tratara. Es una lucha continuada y cada
generación será llamada a su defensa.
El 11 de septiembre ha cambiado también nuestro sentido de la firmeza y el modo
en que miramos al mundo. Como Colin Powell dijo: “hemos sido impulsados a
una nueva era: el periodo de la post-post Guerra Fría”. Y esto nos ha dado
la oportunidad de lanzar una mirada fresca sobre nuestro papel en el mundo y
nuestras relaciones exteriores.
Pero mientras contemplamos esos nuevos retos, lo hacemos desde la ventaja de
tremendos éxitos pasados. Estos nos darán la fuerza y la confianza para
asumir la siguiente ronda de responsabilidades.
Podemos estar orgullosos de que juntos, en los últimos cincuenta años, los
Estados Unidos y Europa hemos creado una aún más amplia esfera de
estabilidad y prosperidad, un resultado que parecía más allá de cualquier
expectativa razonable hace sólo veinticinco años. La última década ha sido
un vasto experimento en democracia para el mundo y los resultados positivos
hablan por sí mismos.
La propia experiencia de España sirve como caso de estudio. El mes pasado se
cumplieron veinticinco años de la celebración en España de las primeras
elecciones libres tras 36 años. ¿Estaba claro ya entones que España iba a
realizar su transición a la democracia y que hoy en día iba a ser una de las
historias de éxito de Europa? Y sin embargo, al abrazar la democracia,
España se hizo merecedora de un puesto en el mundo como uno de los líderes
más dinámicos de Europa, un miembro vital y vocal de la OTAN y la UE y un
modelo de liberalización y transición económica. El 4 de julio, quienes nos
encontremos en la Embajada de los Estados Unidos en Madrid, alzaremos
nuestras copas también por España como símbolo del triunfo del modelo
democrático.
Hoy, la democracia no sólo ha triunfado en toda Europa, sino que nuestras
democracias han capeado muchas crisis. Los Estados Unidos y nuestros
aliados europeos han visto caer el muro de Berlín, han presenciado la
reunificación alemana, han negociado reducciones masivas de misiles
nucleares del este de Europa y han sido testigos de la disolución de la
Unión Soviética y del Pacto de Varsovia. Hemos hecho frente a la invasión
de Irak sobre Kuwait con la ayuda de otras naciones, hemos puesto fin a la
guerra dentro de la antigua Yugoslavia. Hemos presenciado la adaptación y
ampliación de la OTAN. Hemos visto a Europa redefinirse a sí misma y a su
lugar en el mundo. Hemos presenciado las fricciones causadas por la caída
de la Guerra Fría.
Nos hemos sentido confortados por la solidaridad de nuestros aliados cuando
tuvimos que hacer frente el 11 de septiembre a un terrorismo de destrucción
masiva. Y España ha sido un verdadero amigo que nos entiende muy bien por
su larga lucha contra el terrorismo de ETA.
Juntos hemos presenciado el despegue de las economías gracias al libre
comercio y la apertura de los mercados que eliminan las barreras hacia la
libertad económica. Una de las principales reivindicaciones contra el
monarca británico incluida en la Declaración de Independencia se oponía a
“interrumpir nuestro comercio con todas las partes del mundo”. El libre
comercio es parte de lo que hace de nosotros una gran nación y este
compromiso continúa vigente.
La liberación de las poderosas fuerzas del libre comercio ha reforzado
notablemente la economía mundial. Con los Estados Unidos y Europa a la
cabeza los resultados han sido significativos. En los últimos cincuenta
años el comercio mundial se ha multiplicado por veinte y el Producto
Interior Bruto (PIB) absoluto del mundo por seis. La rápida expansión de
mercados abiertos ha hecho del periodo de post-guerra el más próspero de la
historia y le ha aportado el frescor de la apertura.
Hoy, sin embargo, no es momento para descansar sobre logros pasados. Los Estados
Unidos y Europa han conseguido mucho en el viejo continente, pero nuestra
alianza necesita avanzar hacia futuros retos fuera de Europa para que ésta
se mantenga viva. Existen ciertas cosas que sólo podemos conseguir si
trabajamos juntos: afrontar la amenaza terrorista, defendernos de las armas
de destrucción masiva, promover el desarrollo sostenible, encontrar una
solución para Oriente Medio o promover las condiciones necesarias para la
estabilidad económica en América Latina.
Estados Unidos y Europa seguirán teniendo enfoques distintos y, en
ocasiones, diferencias de opiniones e intereses. Las disputas comerciales
vendrán y desaparecerán como es propio de unos socios tan económicamente
integrados como nosotros. Surgirán diferencias políticas y de
planteamientos en la relación entre Europa y los Estados Unios, de igual
modo en que existen entre países miembros de la Unión Europea y como ocurre
de forma natural entre personas serias que se enfrentan a problemas de
difícil solución. Todo esto es normal, sano, y de esperar. Pero las buenas
amistades se hacen, no nacen. Y tenemos una responsabilidad compartida para
asegurarnos de que esas fricciones inevitables no interfieren en el trabajo
que tenemos que hacer juntos.
El peligro sería olvidar lo que compartimos. Thomas Jefferson comenzó la
declaración de Independencia como sigue: “En el curso de los acontecimientos
humanos…” porque él y los otros fundadores veían su lucha como parte del
diálogo con todo el mundo. Estados Unidos es un trabajo en marcha, forjado
por la creatividad de muchas naciones. Nuestra población está cambiando,
asemejándose cada vez más a la del mundo. En el año 2000, uno de cada diez
estadounidenses había nacido fuera de los Estados Unidos, la mitad de los
cuales hablan español. Las raíces de los estadounidenses pueden hallarse en
cada rincón de la tierra. Lo que nos une es una gran idea que se llevó a la
práctica hace 226 años.
Celebramos este 4 de julio con nuestras tradicionales barbacoas, fuegos
artificiales, banderas y desfiles. Este año, como cada año, llenaremos este
día de verano de música y diversión. Pero si las banderas ondean más alto,
si las bandas tocan más fuerte y el himno se canta con más sentimiento, es
porque este año queremos –y necesitamos- celebrar lo que somos y lo que
compartimos.
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